Una imagen que no me puedo quitar de la cabeza
Hace unos meses vi una fotografía de un salón de clases tomada en 1910. Filas de bancas de madera, un pizarrón al frente, un maestro de pie con el libro en la mano. Los alumnos miraban hacia adelante. Todos en silencio.
Después busqué una fotografía de un salón de clases cualquiera de 2024. Filas de bancas. Un pizarrón — ahora blanco, o quizás una pantalla. Un maestro de pie. Los alumnos mirando hacia adelante. Algunos en silencio, otros con el teléfono abajo de la banca.
La diferencia más notable entre las dos imágenes era la ropa.
Pensé que me estaba exagerando a mí mismo, que estaba buscando un contraste donde no lo había. Pero mientras más lo miraba, más me costaba encontrar diferencias estructurales. La disposición del espacio, la relación entre quien habla y quien escucha, la lógica de que el conocimiento fluye en una sola dirección: todo igual. Ciento catorce años sin mover las piezas.
No es que nadie lo haya intentado
Quiero ser cuidadoso aquí porque es fácil hacer este argumento de manera irresponsable. No estoy diciendo que la educación no ha cambiado en nada. Han cambiado los contenidos, la cobertura, el acceso. En México, la tasa de analfabetismo pasó del 43% en 1950 al 4.7% en 2023. Eso no es poca cosa.
Lo que no ha cambiado es el modelo de transmisión. La lógica de fondo: un experto que sabe, un grupo que no sabe, y una sesión cuya función es transferir el contenido de uno al otro. Ese modelo tiene siglos. Y resiste no porque nadie haya intentado reemplazarlo, sino porque tiene algo que los modelos alternativos no han podido igualar: escala barata.
Un maestro frente a treinta alumnos es económicamente eficiente. Puedes certificar que el maestro "cubrió" el tema. Puedes medir el resultado con un examen. Puedes replicarlo en miles de aulas simultáneamente con costos predecibles. El modelo industrial de educación existe porque fue la solución más barata al problema de educar a millones de personas al mismo tiempo.
El salón de clases tradicional no es un accidente histórico. Es una solución de ingeniería a un problema de escala. El problema es que optimizó para eficiencia de entrega, no para profundidad de aprendizaje.
Lo que el modelo produce — y lo que finge producir
Cuando daba clases, había una métrica que todos usábamos para saber si el grupo había aprendido: la calificación del examen. Si el promedio era bueno, la lección había funcionado. Si era malo, el grupo no había estudiado suficiente.
Tardé en cuestionarme esa lógica más de lo que me gusta reconocer.
El problema no es el examen. El problema es qué mide el examen. En la mayoría de los casos, mide si el alumno puede reproducir un procedimiento en un contexto idéntico al que practicó, dentro de un margen de tiempo corto, sin acceso a recursos externos. Eso tiene un nombre: es memoria de trabajo a corto plazo. No es lo mismo que comprensión. No es lo mismo que la capacidad de aplicar ese conocimiento seis meses después en una situación nueva.
Reproducción de procedimientos
¿Puede el alumno aplicar la fórmula en el mismo contexto que practicó, el mismo día del examen, sin acceso a sus apuntes?
Transferencia de conocimiento
¿Puede el profesionista usar ese conocimiento en un contexto nuevo, semanas después, con información incompleta?
Son dos habilidades distintas. Y la educación tradicional entrena sistemáticamente una de ellas mientras pretende desarrollar la otra.
El problema de actualización — en números
Hay otro ángulo que me parece igual de relevante, y que afecta directamente a cualquier persona que hoy esté considerando estudiar o actualizarse.
El proceso de modificar un plan de estudios en una universidad mexicana, desde que se detecta la necesidad hasta que el cambio entra en vigor, toma en promedio entre tres y cinco años. Hay que pasar por comités académicos, aprobación de órganos colegiados, evaluación externa, registro ante la SEP. Todo eso tiene sentido como mecanismo de control de calidad. El problema es el ritmo al que cambia el mundo afuera.
Esto no es un problema de mala voluntad. Las universidades, en su mayoría, quieren actualizarse. El problema es estructural: el proceso de validación que garantiza calidad también garantiza lentitud. Y en un momento en que los ciclos de cambio tecnológico se miden en meses, no en años, esa lentitud tiene consecuencias reales para quien acaba de graduarse.
¿Quién tiene incentivos para cambiar esto?
Esta es la pregunta que más me incomoda, porque la respuesta honesta es: muy poca gente.
Las instituciones educativas tienen incentivos para mantener su modelo. Su reputación, su acreditación, su financiamiento y muchas veces su identidad están atados a él. Cambiar el modelo implica riesgos que no siempre tienen recompensa institucional clara.
Los empleadores, en teoría, deberían ser el motor del cambio. Ellos sufren directamente cuando contratan egresados que no pueden aplicar lo que supuestamente aprendieron. Pero la mayoría ha asumido ese costo como parte del negocio — se llama "período de inducción" — y han dejado de presionar a las universidades para que cambien.
Los alumnos tienen los incentivos más obvios para exigir cambio, pero también el menor poder de negociación. Cuando estás inscrito en una carrera de cuatro años, tu capacidad de presionar al sistema es limitada.
El sistema educativo no está roto. Hace exactamente lo que fue diseñado para hacer. El problema es que fue diseñado para un mundo que ya no existe.
Francisco Vara · Aldea EmprendedoraEl cambio, entonces, no va a venir de adentro del sistema. Va a venir de afuera. De instituciones que no tienen nada que perder en el modelo antiguo porque nunca fueron parte de él. Y eso, para ser honesto, es tanto una oportunidad como una responsabilidad.
Qué significa esto para alguien que quiere aprender hoy
Si eres estudiante o profesionista en México en 2026, hay algunas cosas que creo que vale la pena tener claras:
- Un título sigue siendo importante para muchos empleadores. No lo estoy descartando. Pero cada vez más, lo que abre puertas es la evidencia de lo que puedes hacer, no el papel que dice que te sentaste en un salón durante cuatro años.
- El tiempo que tardas en adquirir una habilidad nueva importa más que antes. Si el mercado cambia cada dieciocho meses, no puedes permitirte un proceso de actualización de cuatro años cada vez que necesitas aprender algo nuevo.
- La forma en que aprendes algo determina cuánto tiempo lo recuerdas y qué tan bien lo puedes transferir. Esto no es opinión, es lo que la psicología cognitiva lleva décadas documentando.
- Hay alternativas al modelo tradicional que no implican esperar a que el sistema se reforme. Existen ya. Lo que falta es decidir usarlas.
Por qué sigo pensando en esa fotografía
No cuento lo del salón de 1910 para hacer un argumento fácil sobre lo anticuado que está el sistema. La educación masiva fue uno de los proyectos más ambiciosos y exitosos del siglo XX. Que México haya pasado de 43% de analfabetismo a menos del 5% en setenta años es, sin exagerar, un logro enorme.
Lo cuento porque creo que estamos en un momento donde ese modelo ya cumplió su función principal y ahora se convirtió en un cuello de botella. El reto ya no es que todos lleguen a la escuela. El reto es que lo que pasa dentro de la escuela prepare a la gente para el mundo que existe afuera.
Y ese mundo ya no es el mismo que cuando se construyó el salón.